Isabel Muñoz Sánchez
Artículo publicado en la Revista de creación y
mantenimiento
“Papeles del Novelty”, nº7, Salamanca, 2002
> volver >>
Evidentemente esto no es Francia, no estamos a finales del siglo XIX, yo no soy Emile Zola, ni de momento ha ido nadie a la cárcel. Sin embargo, en la Salamanca actual, hay temas más que suficientes para condenar públicamente y, si me apuran, para que algunos acaben entre rejas, aunque éstas sean metafóricas.
Estamos viviendo, con más pena que gloria, los primeros días de la tan cacareada capitalidad cultural de nuestra ciudad, ocasión única para, por lo menos, haber sentado las bases de una cultura ciudadana que fuera desarrollándose y creciendo después de este año de gracia. Pero parece que los «jefes» del asunto, quizá por falta de talento e imaginación, han preferido, en lugar de echar en nuestra ciudad la semilla de la cultura para que germine y haga madurar a la ciudadanía, llenar el año, a golpe de talonario, de cientos de espectáculos, la mayoría de las veces, prefabricados de antemano para un público de festejos provincianos poco entendido y nada exigente.
Con la prensa que actualmente sufrimos, que cuando no oculta tergiversa la verdad, porque tiene demasiados amos a quién servir, es una suerte que exista una revista como «Papeles del Novelty» -revista de cultura y mantenimiento- que perdurara incluso cuando de todos nosotros no quede ni el recuerdo, para poder expresar libremente todos los desmanes que se están cometiendo con nuestro patrimonio.
El año dos mil dos sin duda pasara a la historia de Salamanca, pero para muchos ciudadanos pasara no por la capitalidad cultural y otras milongas, sino por ser el año en el que D. Julián Lanzarote Sastre, alcalde de Salamanca y sus «huestes-concejales» (ganas me dan de escribir los nombres y apellidos de todos ellos, para que no se los trague el olvido) demolieron (o por lo menos lo intentaron seriamente) el Depósito de Aguas de la avenida Campoamor, confluencia con el paseo del Rollo, magnífica obra de hormigón armado de principios del siglo XX, fiel exponente del Patrimonio Industrial de nuestra nación y testigo de excepción de cómo nuestros antepasados resolvían sus problemas con la técnica que el progreso les deparaba.
A principios del siglo XX, Salamanca era una ciudad provinciana (en el sentido peyorativo de la palabra todavía lo sigue siendo), recogida, en la que todo el mundo se conocía, que conservaba, pese a los muchos avatares históricos y humanos que a lo largo de los siglos había padecido, un buen número de monumentos. También era una ciudad sucia y maloliente en la que sus poco más de veinte mil habitantes -más de la mitad, pese a la famosa universidad, analfabetos malvivían sin alcantarillado y sin red de abastecimiento de agua, entre numerosas epidemias y hambrunas. Frecuentemente nuestra dorada ciudad encabeza los índices de mortandad del país. A medida que avanzaba el siglo XX, en aquellos primeros años en los que las tensiones sociales eran muy grandes y la palabra huelga empezaba a oírse en nuestra ciudad (una ciudad de caciques y de curas, según mi bisabuelo), comenzaban a ponerse en marcha, pero siempre muy por detrás de otras capitales españolas, ciertos planes de saneamientos y mejoras que sin duda pretendían hacer más fácil la vida de nuestros antepasados.
No se sabe a ciencia cierta quién es el autor del Depósito de Aguas, porque el proyecto que se conserva no está firmado, aunque se cree que fue obra de un ingeniero francés que murió por disparo de bala en la Primera Guerra Mundial.
En su construcción se emplean 300 toneladas de cemento y 800 de hierro. Fue proyectado con una capacidad para 4.020 metros cúbicos, contenidos en dos vasos semicirculares, que podían funcionar de forma autónoma y contener una lámina de agua de 7 metros de altura cada uno.
La
altura de las columnas, de 80 centímetros de diámetro, oscila
entre los 22 y 23 metros, según su situación, superando las dimensiones
verticales los treinta metros.
Sabemos que en 1.915 ya estaba construido; que, en espera de poder instalar
los motores eléctricos, se necesitó una máquina de vapor
de 120 caballos para elevar el agua y que tuvo un coste de 120.000 pesetas.
Sin
lugar a dudas el Depósito de Aguas es un hito urbano, de la memoria colectiva,
de primera categoría. Como obra de ingeniería civil marcó
un antes y un después en el uso del agua como elemento esencial de la
vida de los salmantinos 1.
El Depósito de Aguas de Campoamor, nuestro depósito, el de todos
los salmantinos, nos ha servido hasta ayer mismo. Él ha hecho posible
que al abrir los grifos de nuestros hogares saliera abundante el agua, algo
que ahora nos parece lo más natural del mundo, pero que a nuestros abuelos
les debió de parecer un milagro.
Cuando escribo estas dolidas páginas, nuestros dirigentes municipales haciendo caso omiso de los informes que, para defender su conservación, han proporcionado numerosos expertos y solventes instituciones, del sentir de buena parte de la población, de los criterios que actualmente empiezan a primar en la Unión Europea sobre la conservación y restauración de los bienes industriales y hasta del recurso judicial interpuesto, para evitar su destrucción, por la Asociación de Ciudadanos por la Defensa del Patrimonio, han comenzado a demolerlo. Han aplicado la piqueta despiadada a su enorme y altivo vaso. Han quebrado algunas de las vigas que, armoniosamente, unían sus altas columnas.
Yo acuso, como ciudadana que tiene la obligación de velar por la conservación de nuestro patrimonio, al señor alcalde y a su grupo municipal (Partido Popular) por no haber cumplido con su primer y más sagrado deber: Servir al pueblo y defender sus intereses.
Yo acuso al grupo de la oposición (Partido Socialista Obrero Español) por hacer una oposición débil, más preocupada de ganar votos y de no enemistarse con los poderosos de la ciudad (los caciques del siglo XXI), que de defender las causas ciudadanas.
Yo acuso a todos aquellos que, a sabiendas, de que se estaba destruyendo, para la posteridad, un bien arqueológico industrial de primera mano, callaron y no tuvieron la valentía de alzar su voz contra la sin razón y la especulación, por motivos puramente partidistas y egoístas.
Yo acuso a la mediocridad e incultura de un pueblo que, para asistir a ciertos espectáculos llamados «culturales», es capaz de pasarse horas y horas haciendo «cola» para comprar unas entradas, que algunos «privilegiados» obtienen gratuitamente y sin moverse de sus sillones y son incapaces de mover un dedo para defender su patrimonio; porque no solo es el depósito, que al ser un bien de arqueología industrial a algunos todavía se les puede escapar los motivos que hacen obligatoria su conservación, es todo lo demás que está ocurriendo: vaciamiento sistemático de edificios y monumentos catalogados como bienes patrimoniales, venta y cesión de huertas y espacios conventuales para lucrativos negocios, demolición de tapias y edificios que conformaban el entramado histórico de las calles, destrucción y ocultamiento de restos arqueológicos muy importantes, en aras de un progreso mal entendido...
Quienes
tenemos la suerte de habitar en ciudades que han sido declaradas Patrimonio
de la Humanidad debemos aprender a conjugar, con el máximo respeto, pasado
y presente; porque no se trata de vivir para el pasado, en ciudades muertas,
se trata de vivir plenamente nuestra época, de incorporar con absoluta
naturalidad, pero sin romper la armonía con lo ya existente, nuestras
obras y construcciones, para que amplíen y engrandezcan, en el futuro,
nuestro patrimonio.
Cuando acabo mi colaboración para el nuevo número de «Papeles
del Novelty», el Depósito de Aguas de Campoamor está tocado
de muerte, porque nuestros dirigentes municipales, en un ejercicio de prepotencia
impropio de un estado de derecho, se han saltado a la torera los plazos que
marcaba la ley (después del pronunciamiento del juez al recurso de amparo
interpuesto por la Asociación de Ciudadanos por la Defensa del Patrimonio,
la ley otorga quince días para recurrir a un Tribunal Superior) y han
continuado con su derribo.
No sé como acabara esta historia. Ojalá no se cumplan mis negros augurios y nuestros nietos y biznietos, cuando lean éstas líneas, todavía puedan contemplar con sus propios ojos el Depósito de Aguas, eso sí, restaurado, porque casi el cincuenta por ciento de la obra original es ya escombro. De no ser así, cuando vayan a otras ciudades de Europa y del mundo y vean conservados sus antiguos depósitos de aguas, muchos convertidos en bibliotecas, salas de exposiciones, observatorios astronómicos y mil cosas más, sepan que en su ciudad, en Salamanca, existía uno de los más originales y de los mejores conservados que fue víctima de la imbecilidad, la incultura, la prepotencia y la especulación, en el año de gracia 2002.
El tiempo, juez insobornable y despiadado, se encargara, para vergüenza de muchos, de poner las cosas en su sitio. Que así sea.
1. Los datos técnicos están sacados de la investigación realizada por el doctor D. David Senabre López, en la tesis doctoral «Desarrollo urbanístico de Salamanca en el siglo XX'': y del doctor D. José Ignacio Diez Elcuaz en la tesis doctoral: «Arquitectura y urbanismo en Salamanca».
> subir >>